08 noviembre 2009

De cómo aprendí a leer y a escribir



Siempre me gustó leer, ya desde pequeñito, antes de escolarizarme, tomaba los tebeos de mis hermanos mayores y remedaba a mi madre, que leía con la manía de mover los labios. Yo pensaba que eso era leer, así que me dedicaba a ver los dibujos del tebeo y a mover los labios sin darme cuenta que había algo que me perdía, una transmisión de mensajes que sustituía con la imaginación.
Los comienzos de mi aprendizaje de la lengua escrita fueron rígidos, era otra época más estricta, lo que peor llevaba era escribir entre dos líneas, esa estructura tan firme en la que tenía que encorsetar mi escritura me impedía disfrutar del aprendizaje, pues estaba más preocupado de dar forma e insertar correctamente lo escrito, que de aprender a enlazar letras que remitían a sonidos del lenguaje.
La lectura me resultó mucho más fácil, cuando veía una letra inmediatamente escuchaba en el interior de mi cabeza un sonido, y poco a poco aprendí a enlazarlos hasta que un día ante un letrero escuché en mi interior una voz que me susurraba una palabra: Málaga. A partir de entonces iba por la calle y no podía parar de leer los rótulos que acompasaban mis paseos, lo que al principio alegró a mis familiares, acabó cansándoles tanto como a mi, pero por mucho que intentaba entretener mi pensamiento en otra actividad, siempre acababa componiendo palabras, aunque ya con esa edad había aprendido a interiorizar mi pensamiento, a veces era recomendable no verbalizar todo lo que se nos pasa por la cabeza.
Hubo en mi infancia un día que marcó un antes y un después de mi historia personal, y no fue el día que me compraron los tan anhelados patines, fue el día en que comprendí el significado de la palabra infinito. Mi padre contribuyó económicamente con la Biblioteca Municipal, y como agradecimiento le proporcionaron el carné de socio. El día en que entré por primera vez tuve varios sentimientos encontrados, de la euforia al ver tantos volúmenes apilados en unas estanterías que alcanzaban el techo pasé a la tristeza de la constatación de que sería imposible leérmelos todos, era una tarea infinita, no tendría tiempo para hacerlo ni aunque viviera dos vidas. Pero decidí no perder tiempo y ponerme manos a la obra, el primer libro que leí fue La Isla del Tesoro. Quizá ese título haya contribuido a fomentar mi hábito de lectura, o puede que de antemano estuviera predispuesto a dejarme llevar por las narraciones, pero eso ya nunca lo sabré.

Extraído de mi primera prueba de evaluación a distancia.

4 comentarios:

Anónimo dijo...

estas ahi?? manifiestate?

Ut dijo...

Muy buena entrada, muy buen trabajo, muy bien narrado, expresado, contado ... debido posiblemente a tu gran pasión, la lectura.

Da gusto leerte, haces que sea tan fácil que ninguno de tus post se hace pesado, largo o aburrido.

Me gusta leerte,

Un abrazo

Ut

silver´smoon dijo...

La isla del tesoroooo!!!! ese fue mi primer libro también, me llegó un poco tarde porque tuve que esperar a mi primera comunión para que me lo regalaran junto con otros tres libros más.

Pero elegí ese para empezar y me cautivó, desde entonces soy una apasionada de la lectura, mi madre tenía que hacer rondas por la noche porque yo era de las que se metía debajo del edredón con una linterna a leer jajajaja.

Me ha encantado tu post, estoy con Ut, todo un placer leerte.

Un beso

Alfonso Ortega dijo...
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