12 enero 2009

UN VIERNES CUALQUIERA


Miguel salió ese viernes como de costumbre, el verano daba los últimos coletazos y sabía que a medida que pasaran los días los bares se irían vaciando de turistas. Había sido un verano divertido para él, había conocido mucha gente, había tenido sus rolletes pero no había cuajado nada en serio.
Estaba junto a la pista, rodeado por sus amigos, cuando vio a un morenazo que le resultaba familiar. Haciendo memoria recordó haberlo visto unos meses atrás, en un caluroso día en el que cambió la playa por el frescor de un centro comercial. Estaba comiendo en una cantina mejicana cuando lo vio recorrer el pasillo junto al que se encontraba, caminando con decisión y energía, y no pudo quitarle la vista de encima en todo el recorrido que hizo frente a él.
Y allí estaba el moreno, bailando en la pista ajeno a lo que rondaba por la cabeza de Miguel. Como no tenía soltura ni costumbre en las artes del ligoteo, sabía que lo más probable era que el chaval acabara yéndose sin tener la oportunidad de conocerlo, y quién sabe cuándo volvería a encontrárselo. Se acercó a su amigo y le dijo al oído, intentando que la música no tapara su voz: "¿Has visto al moreno de la camiseta negra? Lo ví un día en el Centro Comercial y me encantó, es mi tipo ideal". Su amigo contestó que sí, que se había fijado en él. "Y quién no", pensaba.
Se sentía intranquilo, con esos nervios que se apoderan de tu estómago cuando sabes que se han alineado los astros, dándote una oportunidad irrepetible, pero después de un rato, notando que el moreno no le prestaba atención se relajó y siguió a lo suyo, bailando y riendo con sus amigos de cualquier tontería que hicieran, o riéndose de algún modelón que hubiera alrededor.
Más tarde, todavía con la vista puesta en el moreno, vio como se le acercaba, decidido, otro chico, y durante el segundo y medio que duró el trayecto, Miguel pensó: "¿Por qué éste y no el otro? Además, este es el amigo del que me gusta".
El chico se presentó, "me llamo Jesús, y me gustaría presentarte a mi amigo". Miguel no quería creerse que hubiera tenido tanta suerte, si ni siquiera había notado que el otro lo mirara.
Hechas las presentaciones supo que "su moreno" se llamaba Jose, que vivía a unos 30 km de distancia, que era estudiante y vivía en familia. Normal, sólo tenía 21 años.
La conversación fue fluyendo, y Miguel le propuso salir al fresco para seguir charlando cómodamente. Una vez fuera, Jose se sentó en una moto cualquiera que había aparcada cerca de la puerta del bar. En ese momento Miguel empezó a enamorarse.
Observándolo, vio que Jose llevaba sandalias, unos pantalones tipo cargo, muy anchos, ajustados a la cintura por un cordón, de un tejido con mucha caída que se adhería a su cuerpo, e insinuaba un culo prominente sin excesos, aunque bastante respingón. Una camiseta negra básica ceñía sus hombros, y marcaba el contorno de sus brazos, en armonía con un pectoral desarrollado, y un abdomen fino. Miguel no dejaba de mirar a Jose a los ojos durante la conversación, recorriendo sus facciones e intentando memorizarlas. Tenía el pelo muy negro, lo llevaba muy corto pero se intuía que era muy rizado; sus cejas, muy pobladas, enmarcaban unos ojos grandes y negros, ribeteados por unas pestañas muy tupidas. Su mirada era profunda, y transparente, como dos brocales que recibieran la luz del mediodía, si bien, dependiendo del ángulo en que lo mirara, parecía que se torcían levemente, dándole un toque de niño travieso. Su boca sobresalía orgullosamente de su cara, en unos labios gruesos, muy étnicos, que cuando se abrían en una preciosa sonrisa dejaban pudorasamente al descubierto una hilera de dientes muy blancos, cuyos incisivos estaban separados, como dos amigos enfadados.
Mientras, Jose le iba contando que estudiaba un grado de F.P. de Técnico en comercio, del que sólo le faltaban las prácticas para acabar, lo cual ocurriría en los meses siguientes, para luego centrarse en la búsqueda de trabajo, eso si no tenía la suerte de quedarse donde hiciera las prácticas.
Durante lo que parecían haber sido minutos, habían pasado un par de horas, el tiempo tiene una forma rara de medirse, es como un chicle que se estira cuando estás esperando alguien, o que encoge cuando estás disfrutando de un momento que no quieres que acabe. Y ya estaban los amigos de Miguel, diciéndole que se tenían que ir y que cortara el rollo, pues iban en el mismo coche.
-¿Me das tu teléfono y quedamos?-le preguntó Miguel, cruzando los dedos disimuladamente.
-Claro, pero no tengo móvil, te doy el teléfono de casa, llámame mañana y quedamos -contestó Jose.
Después de tomar nota del número, Miguel se acercó y le dio un beso en los labios, que Jose acogió con gusto, un beso que le supo a Miguel a helado de turrón, su favorito, dulce y denso, cálido y refrescante a la vez.

4 comentarios:

Stanley Kowalski dijo...

Un relato fantástico, cargado de sensualidad, con rigor literario y un toque muy sutil de morbo. Me gustó mucho la descripción de la ropa. Es como si lo hubiera visto.

besos.

Stanley Kowalski dijo...

Mil disculpas,pero vengo atrasado con el agradecimiento a los comentarios. Muchas gracias por visitarme, sos muy generoso.

besos.

ADRIANO dijo...

Gracias a ti, por leerme y valorarme tanto, y más teniendo en cuenta la de seguidores que te robarán tiempo.
Seguiré leyéndote y aprendiendo de ti.
Besos.

Stanley Kowalski dijo...

El honor es para mí, gracias por la visita.

besos.